lunes, 1 de noviembre de 2010

LA EPOPEYA DE LA ESCRITURA


¿Dónde dejaremos nuestra impronta para los hombres del futuro? ¿Cómo quedará, cuando el libro desaparezca, documentada la huella de lo que ahora somos? ¿Qué pensará la humanidad del mañana de la desaparición de la gramática y de la abolición de la expresión manuscrita?


A veces es bueno hacer el ejercicio de pensar en lo que vendrá, apoyándonos en lo que fue. Marx hablaba de las condiciones materiales de producción como la base sobre la que se edifica todo nuestro pensamiento y aun lo que sentimos; cómo construir, por ejemplo, un sistema filosófico (con toda la complejidad que ello supone) escribiéndolo sobre una piedra o cómo conservar un poema en una tablilla de cera, fueron los primeros retos materiales que tuvo que enfrentar el acto de escribir.


Del papiro al pergamino y de ahí al papel reciclado, de las unciales (letras grandes de los primeros escritos, todas mayúsculas) a las tipografías cada vez más complejas de nuestros tiempos, de la distinción entre mayúsculas y minúsculas (imaginemos el salto cualitativo que ello supuso en la historia humana) a la separación de palabras (en los papiros de la antigüedad todas las palabras se apiñaban en el texto), de las escrituras que “seguían” la oralidad a la autonomía gráfica que se estableció con la sistematización de las diversas gramáticas, el acto de escribir se ha venido transformando en un devenir lento e imperceptible para muchos.


Pensemos, por ejemplo, en la gran posibilidad que abre el teclado de una computadora para reducir la brecha entre lo que pensamos y lo que escribimos; pensemos también, en sentido contrario, en la necesaria prudencia con que el acto de escribir era asumido por quienes practicaban caligrafías complicadas.


La escritura ha propiciado una cierta pérdida de nuestras facultades de memoria a nivel individual, pero a cambio de ello se ha erigido en la gran depositaria de la memoria humana. Por otro lado, la masificación de la lecto-escritura ha hecho que muchas personas traten de expresarse por medio de la palabra gráfica, pues saben que ella está anclada en la historia y, por lo tanto, puede manifestarnos más allá de nuestro propio tiempo.


En sociedades donde el individuo se siente cada vez más anónimo, el acto de escribir se convierte, más allá de la calidad, en un asunto de supervivencia. El problema es que mucho de lo que se escribe se queda en la virtualidad y terminará perdiéndose en ella (como sucederá con este texto) sin que podamos hacer gran cosa y tal vez sin que haya alguien a quien le interese mucho hacerlo.


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