sábado, 14 de agosto de 2010

TRATADO MINÚSCULO SOBRE LA BELLEZA


Quizá los ojos sólo sean ese lugar donde lo bello y lo terrible cruzan sus caminos. Cuando el arte ha dejado de ser bello; cuando propositivamente el artista busca la quiebra del efecto estético, la mirada nos rescata de la oralidad secreta con que nos llenamos de asco por el mundo.


Rilke lo supo cuando definió la belleza como aquella circunstancia terrible que se encuentra en la frontera de lo que podemos soportar, de ahí que lo bello sea en realidad una forma específica de lo siniestro que, según Schelling, debiendo permanecer oculto, se revela ante nuestra conciencia para generar un desasosiego profundo.


La paradoja de lo bello es que se constituye como un placer ligado al vértigo y a la extraña sensación derivada de la ambivalencia que supone la posesión de algo que ineludiblemente nos resulta ajeno porque se nos revela con la misma fuerza con que se nos esconde.


Para Kant, el desasosiego que produce nuestro contacto con lo bello tiene que ver con una sensación de infinitud que se apodera de nosotros que, al fin y al cabo, somos seres finitos. La estética nos hace sensibles a lo que no está al alcance de nuestra manera de vivir, por eso lo bello no se cumple como el goce simple de nuestros sentidos y su vocación última es precisamente lo sublime.


Toda belleza tiene siempre algo de grotesco y de imaginario, lo cual permite el despliegue de nuestra energía erótica. La vocación rilkeana de Eduardo Lizalde lo llevó a afirmar, en uno de sus versos más célebres, la condición estricta de la aniquilación por lo sublime: “Bellísima: no soporto su amor…”


La vocación contemplativa que genera en nosotros la experiencia de lo bello, queda plenamente contradicha cuando esa belleza está cifrada en lo siniestro que hace que los ojos sean más que ojos en el temblor y la ansiedad. Toda mirada entonces es una alegoría de la distancia y todo placer es una metáfora de nuestra sombra.


De ahí en adelante todo puede pasar: los abismos se desbordan y nos mojan los pies, las sirenas suben al cielo, los ojos se nos caen, la sangre se diluye, el tiempo se vuelve fetichista, la luz deviene una espiral sin sueño. Nada nos traduce a ningún signo y nuestra piel se vuelve una casaca maligna… Los ojos se nos caen, las miradas se nos caen, la vida se nos cae…

No hay comentarios: