miércoles, 10 de enero de 2024

LAS HISTORIAS DE LA LUZ

 Las historias de la luz no se escriben en prosa. Tampoco se escriben en verso.

            En todo caso, las historias de la luz tienen un lenguaje propio que parece brotar de la mirada profunda que logra fundirse con lo mirado.

            Ahí un silencio suave, femenino, recibe del mundo su carga fabulosa, y las palabras ya no nombran, sino que crean realidades cabales que nos dan las verdaderas dimensiones del mundo. La luz tiene tantas historias como miradas humanas hay.

            Mas sucede que cada mirada es probablemente el resumen de las miradas con que sorprendimos al mundo, sumadas a las miradas de otros que hicimos nuestras para darle su verdadera dimensión de simultaneidad al tiempo.

            En el arte de aprender a mirar desde otros ojos, el ser humano descifra los misterios del encuentro, siempre perturbador y siempre hermoso, con sus semejantes y con el mundo.

            No es entonces que las cosas “estén ahí”, simplemente agazapadas, sino que ellas nos interpelan con sus propias formas de expresión y con sus propias miradas, así como con sus voces peculiares, para proponernos las múltiples posibilidades del ser.

Niñez y poesía se constituyen entonces como entidades en donde se ejerce lo posible, y esta acción adquiere siempre la forma de una imagen poética que presenta ante nosotros la inagotabilidad de la vida.

En estos terrenos, Las historias de la luz, título del libro más reciente del poeta Javier España, se constituye como un ensayo de ingeniería de la mirada.

La obra, que se plantea como el diario de lo que mira un niño (en este caso Omar, en los hechos, hijo del poeta, pero también padre, hermano, fantasma y heterónimo del propio autor), es un homenaje a la palabra llena de mundo y de ser humano. Como dice Omar en un pasaje del libro: “lo que se mira también se oye.”

El libro de Javier España opera como una especie de juego de espejos donde Omar, un niño de doce años, aprende a mirar de una manera novedosa el mundo, mientras mira a Estefanía, su hermana de cinco años, descubriendo y edificando su propia realidad. En el extremo, el autor los mira a ambos, revelando para sí la persistencia del instante donde el tiempo se condensa.

Ahí entonces las palabras se convierten también en personajes y dejan de ser simples referencias, pues ya no se constituyen en algoritmos del mundo sino en fundamento del mismo.

En Las historias de la luz, la infancia es siempre un manojo de emociones ambivalentes que nos preparan para nuestro comercio siempre tenso e intenso con la vida. Nada es idílico en la infancia; antes bien en ella hay miedos, incertidumbres, angustias, desengaños y sobresaltos. A pesar de todo, la infancia se redime por la imaginación creadora de quien se enfrenta al mundo con inocencia y se permite soñar sin que ello implique perder la conciencia de la prosa del mundo en que se vive.

Tuve el privilegio de acompañar a Javier en la presentación de este libro en días pasados, disfrutando un atardecer espléndido en Progreso. Ahí se tejió una más de las historias de la luz. 

domingo, 19 de marzo de 2023

 ELEGÍA POR UNOS CALCETINES

 

Miro este calcetín viudo que no entiende la circunstancia de su inutilidad.

Yo ya lo había advertido. Las lavadoras se alimentan de calcetines: no gustan de la ropa interior, se les indigestan las manchas de mostaza que usualmente tienen las camisas y mascan los pantalones, pero no los tragan.

Por eso me apena este viejo calcetín y compadezco su soledad de pie derecho.

Uno puede perder un brazo, un ojo, un pie: lo que queda sigue cumpliendo sus funciones imprecisamente doctrinarias; mas un calcetín solitario es casi una aberración ontológica, un atentado contra cualquier mundo posible, una anomalía de la naturaleza, el mayor de los infortunios.

Este calcetín viudo es ya solamente una metonimia de la soledad, una metáfora siniestra del “no-ser”.




martes, 21 de marzo de 2017

DE LA POESÍA

Volar persiguiendo la noche; no un vuelo de tinieblas sino de sombras que viven hablando en voz baja: de sombras como la fuga de un pájaro blanco que sueña que es lo que no es.
            Volar con la fe de que en las palabras hay una sustancia oculta, un desdecir que rompe nuestros ojos para obligarnos a mirar; volar con las sustancias del misterio, poniendo una mano en el milagro del agua y la otra en la sinceridad de la candela.
            Volar en una silla hasta la infancia, igual que Joë Bousquet, que escribía poemas para no tener que dudar constantemente de sí mismo.
            Hoy la poesía habla de la insuficiencia; es sincera cuando condensa la falta de sinceridad del hombre y es libre en su afán de mostrarnos al ser humano esclavizado por sus propios miedos.
            No sé si hay alguien que haya escogido ser poeta; lo que sí sé es que hay hombres escogidos por la poesía para que a través de ella podamos reconocer que toda felicidad es comburente y que toda intimidad es inmensa.
            El hombre roto que se mira en el cristal de un agua entumecida es sólo una frontera que quiere preservarse del anonimato, muriendo anticipadamente y matando todo mundo posible. Su muerte es la agresión más pura porque supone la muerte de aquello que proyectan las palabras.
            Pero más allá, donde todo está por construirse, donde no hay muros y la muerte va quedando atrás porque no importa, porque la poesía dice que nadie muere y porque la propia muerte deja de ser un signo de interrogación, se va construyendo un  itinerario donde lo novedoso asume los vocablos del silencio, que es la certeza del decir callando.
            Así, para que otras manos no dejen de tocarnos, para que nuestros ojos no dejen de ir al mundo ni el sueño deje de ser aquel río de olvido y de tinieblas que dijera Xavier Villaurrutia, de cuando en cuando tendríamos que recordar que existe la poesía, para no olvidar que ella está siempre pendiente de las cosas y de la manera en que el hombre ha aprendido a incrustarlas en su imaginación.
            Mirando su rostro endurecido en el agua endurecida, el hombre asume su desemejanza; nada lo toca y nada está al alcance de su mano; ninguna puerta lo pone frente al riesgo de afirmarse. Su voz es un vocablo negro en el horizonte abolido, y su cuerpo deja de ser ese camino que viaja al infinito.
            Edmond Jabés decía, en uno de sus poemas, que no existe nombre que no sea un desierto. Mas si tomamos en cuenta que el desierto es una epifanía de la transparencia, podríamos afirmar que todo nombre es un lugar de paso, y que si no fuera por la poesía, las piedras que hoy se llaman fragancia mañana se llamarían misterio.
            La poesía nos regala, más que la preservación de un objeto en la palabra que lo nombra, la posibilidad de que las piedras sean fragancias sin dejar de ser piedras, y que las fragancias sean misterios sin dejar de ser fragancias.
            ¿Cómo pasamos entonces de una piedra que rueda, al canto que nos regresa a nuestro origen? La poesía no es sino esa brizna de tierra que nos ata al mundo mientras caminamos por el viento. La marca de la vida que nos vincula al gozo y a la pena sería completamente insustancial sin la poesía. De ahí en delante, mientras todo en el universo se disuelve y nos convierte en árboles sin hojas, nuestras manos vacías nos reclaman lo que hemos hecho con la luz.
            El poeta es una piedra que rueda; su sino está marcado por los designios del silencio. Silencio que bebe con sus pulmones y sus poros hasta las últimas consecuencias, hasta aquella serenidad de Temilotzin (el primer poeta mexicano de cuyo suicidio se tiene noticia), que viéndose atrapado y sin ninguna oportunidad, se arrojó al mar desde un bergantín español, con la naturalidad de quien sabe cuál es su deber, después de haber escrito sus cantos glorificando la amistad (“…soy dueño de las flores, / soy Temilotzin / y a hacer amigos vine.”).
            Temilotzin nos enseñó que sólo se puede celebrar a la poesía abrazando al hombre, y que sólo el silencio nos pone a la altura de lo que dicen las palabras cuando hablan de las cosas secretas que se albergan en el corazón del mundo. Para ofrecer alguna resistencia a un universo ruidoso, la poesía inventa los latidos de nuestros corazones y la espuma del mar.
            A pesar de todo, hoy la poesía es insuficiencia: sus esfuerzos para ayudarnos a hurgar en lo posible son estériles, su lucha contra la sinrazón parece más sorda que nunca a nuestros oídos. No es la vieja duda de Hölderlin, quien preguntaba “¿para qué poetas en tiempos de miseria?”, sino la propia desconfianza del poeta sobre las posibilidades y el sentido de su quehacer.
            Y es que uno quisiera que la poesía redimiera al hombre de sus miserias emocionales, exigiéndole todo aquello que el propio ser humano no ha sabido conquistar para sí mismo: poesía comprometida versus poetas sin compromiso (cuando menos con la gramática), sinceridad sin fe, ideología sin ética, grandilocuencia sin consuelo, tremendismo sin problema humano. El poeta a veces quiere dar mucho más de lo que le corresponde, cuando quizá lo único que se le exija sea tan sólo una palabra llena de las cosas del mundo.
            El hombre ha dejado de ser niño y ha cambiado la infancia por la puerilidad; a pesar de todo, la poesía va cumpliendo su palabra y va honrando su naturaleza subversiva, como un pájaro blanco volando entre la noche oscura.
            Vivimos en un mundo enrarecido, y en un país al que ha estrechado la rutina de la calamidad. En ese mundo y en este país trágico que nos escupe sangre todos los días, la poesía sigue su camino revelándonos que la noche más negra nunca será tan claramente negra y que, como decía Rubén Bonifaz Nuño: “mientras hay mugre hay esperanza…” Sólo por ello tendríamos que celebrar permanentemente a la poesía, regalándole a nuestro corazón un poco de silencio y el soplo de una imagen que murmure en nuestros oídos la palabra de lo que puede ser, para que no termine de abandonarnos la poca fe que todavía nos queda. En el Día Mundial de la Poesía, yo digo, junto con Wallace Stevens, que hay aquí demasiados espejos para la desdicha: gente feliz en un mundo infeliz…, como una llamarada de paja estival, en el cenit del invierno.

sábado, 30 de enero de 2016


EL ALBUR

JOSÉ DÍAZ CERVERA

Estirar las posibilidades del lenguaje, hacer más elástica la significación, romper la solemnidad de la palabra hegemónica y homenajear la inteligencia del interlocutor, todo ello cabe en esa práctica típica de la Ciudad de México a la que se le conoce como “albur”, en la que —además— se condensa una manera de la subjetividad que se expresa incluso más allá del doble sentido y el insulto procaz (que, por cierto, está proscrito de esa práctica).
            Definido como una especie de “ajedrez mental”, el albur tiene un origen misterioso aunque algunos afirman que su práctica data de la época prehispánica, cuando los esclavos utilizaban el lenguaje consuetudinario de una manera que sólo podía ser entendida por otros esclavos, para poder así comunicarse entre ellos con una mínima posibilidad de que su verdadero objetivo de comunicación sea comprendido por el poderoso. El albur es entonces un lenguaje subalterno que funciona a partir de la apropiación que una clase social hace de la lengua oficial, apropiación que, sin embargo, tiene como condición necesaria la agilidad mental de los interlocutores.
            El albur rompe los protocolos del lenguaje y le da a todo una connotación sexual, misma que ha dejado de ser patrimonio exclusivo del varón pues hoy día el albur también es practicado por las mujeres y una de sus exponentes más notables es Lourdes Ruíz, vendedora ambulante del barrio de Tepito, quien además imparte cursos y seminarios de albures finos en la Ciudad de México.
            Sin embargo, el juego sexoso del albur, al referir la acción de penetrar o ser penetrado, va más allá de sí mismo y se convierte en una práctica de esgrima en el que se enredan dos inteligencias cuya sagacidad se mide por la capacidad de producir un sentido altamente ingenioso debajo de un mensaje cuyo aspecto verbal es aparentemente consuetudinario.
            El albur entonces se convierte en una fiesta del lenguaje, mismo que adquiere connotaciones de carácter fálico. Allí la palabra jode para reafirmar una forma de la masculinidad, pero también saca ventajas ante quien no domina el código, volviéndolo delirante y carnavalesco en el sentido en que Bajtin desarrolló el concepto.
            El albur es tan difícil como fascinante; a veces es tan rebuscado que uno puede pasar años descifrando el retruécano, y para muestra dejo sólo este botón, en este diálogo escuchado en el mercado de Portales y que yo comprendí después de varios meses:
            —Se me antoja una empanada de langosta.

            —¿En Pino Suárez?




JABÓN rosa Venus (I)

JOSÉ DÍAZ CERVERA

De repente recibo en mi oficina la visita inesperada de Enrique Martín, quien me obsequia con un ejemplar de su libro más reciente. Platicamos algunos minutos e intercambiamos de manera fugaz algunas ideas sobre la trova yucateca; lo acompaño después hasta el estacionamiento —donde nos despedimos con la promesa de una charla posterior— y regreso al trabajo con muchas inquietudes en la cabeza.
            Pienso en la continuidad y en la renovación de las tradiciones culturales y supongo que es precisamente a través de la dinámica de las mismas que las tradiciones garantizan su permanencia.
            ¿Pero la trova está ahora mismo en un proceso vigoroso de renovación?
            La verdad es que no tengo una respuesta. Me parece que la trova tiene una raigambre meridana y Mérida es ahora muy diferente a la que cantaron aquellos juglares que le dieron forma a una de las manifestaciones más maravillosas de la cultura popular latinoamericana.
            Si consideramos que la sensibilidad humana es un producto histórico que nos hace más o menos receptivos a los estímulos del medio en que vivimos, entonces debemos asumir la posibilidad de que en un tiempo relativamente breve la trova yucateca deje de interpelar a las nuevas generaciones y se convierta en algo absolutamente ajeno para ellos.
            Me pregunto si los versos de una canción como “Flor con alma” estimulan la sensibilidad actual de muchos yucatecos. Aquello de “es meridana, no es casquivana…” parece muy ajeno a todo lo que estimula las sensaciones y las emociones de nuestra época, más aún cuando los referentes de la pasión amorosa tienen componentes muy distintos, y ya no cabe referirse a ellos como en la pieza antes citada: “…y cuando besa / lo hace con alma, / llevando siempre su velo nupcial.”
            (Debo aclarar que me apasiona la trova yucateca, aunque ello no me impide discriminar lo que tiene una calidad musical y literaria de lo que no; en la trova coexisten manifestaciones sublimes con otras realmente deleznables, mas las primeras valen por toda la quincalla. También debo decir que la pieza referida en estas notas me agrada por muchísimas razones, pero fundamentalmente porque a través de ella yo puedo asomarme a la subjetividad de una época y mirarla con claridad sin ser devorado por ella).

            La función expresiva que pudieran tener las referencias al beso y al velo nupcial en “Flor con alma” pueden verse realmente como metáforas vivas a través de las cuales podemos hacer una serie de predicados sobre el amor en la época en la que la pieza fue escrita. Hoy el asunto es completamente diferente y eso lo pude ver con claridad en uno de mis cursos cuando, a través de un ejercicio encaminado a hacer que los alumnos comprendan el mecanismo complejo de la metaforización, una muchacha puso el predicado exacto que —por mucho— define lo que es el amor en nuestros tiempos: “el amor es un jabón rosa Venus…”  

sábado, 25 de abril de 2015

JABÓN rosa Venus (II)

JOSÉ DÍAZ CERVERA

Cuando analizamos la letra de “Flor con alma”, observamos aspectos muy interesantes en torno a la manera como se proyectaba el amor en la segunda mitad de los años cuarenta del siglo XX, en una Mérida que parece como salida de una postal y hasta cierto punto ajena a muchos de los grandes conflictos de la época (como lo fueron, por ejemplo, la Segunda Guerra Mundial y las matanzas locales que acontecieron algunos años antes en Opichén y en la propia Capital yucateca).
            Esa mujer que iba a las verbenas del barrio de Santiago, y que acudía puntualmente a la capilla de Itzimná cada día 14, tenía —además— el adorno maravilloso de una sensualidad cuyo ejercicio, sin embargo, debía darse única y exclusivamente a través del sacramento matrimonial, simbolizado mediante el velo de novia.
            La sensualidad no secularizada pero presente como parte de los referentes del discurso amoroso de la época, al menos en la canción yucateca, contrasta con la visión contenida en otra pieza de ese tiempo, abiertamente dedicada al gozo erótico: “Bésame mucho”.
            A la luz de la guerra, “Bésame mucho, que tengo miedo a perderte después…” resulta una súplica con implicaciones realmente interesantes, que nos permiten ver un dejo de desesperación en la manera de entender la pasión amorosa, en un mundo convulso que parecía caminar a contra-reloj en todos sus órdenes y que, por tanto, no daba oportunidad al ejercicio prolongado de una seducción y mucho menos a la posposición de los encuentros amorosos, que probablemente no tendrían oportunidad de repetirse.
Herencia de ello, el amor en nuestros tiempos está decisivamente ligado al ejercicio de la sexualidad y ésta tiene sus marcos de referencia, sus tiempos, sus espacios, su simbología y sus objetos significantes, mismos que nos ofrecen los elementos caracterizan al amor en esta época.
            Amor y matrimonio (civil o religioso) ya no constituyen una simbiosis fundamental que liga al primero con aquellos valores que lo han identificado durante décadas; por eso ahora el amor está determinado por otros referentes como, por ejemplo, los jabones baratos de los hoteles de paso.
            Así, al metaforizar el amor a través de una pastilla de jabón, tal y como lo propusiera una de mis alumnas en un curso de retórica, proyectamos un conjunto riquísimo (tanto en riqueza como en ricura) de predicados que nos permiten ir desentrañando la manera en que miramos el mundo así como los contenidos de nuestro universo emocional.
            ¿Podrá la trova ponerse al día con ese cosmos?

          Por lo pronto, espero los días que vienen con una discreta ansiedad, para leer el libro de ensayos de Enrique Martín y refrescar mi propia mirada sobre la trova yucateca.


viernes, 29 de marzo de 2013


 

LA DESAPARICIÓN DE LA GRAMÁTICA

 

JOSÉ DÍAZ CERVERA

 

En una segmentación un tanto laxa, podríamos decir que la historia se divide en pre-modernidad, modernidad y post-modernidad.  El primer tramo se caracteriza por su estabilidad y, sobre todo, por el predominio de lo sagrado como una manera de legitimar el orden del cosmos; su expresión típica es la oración ritual, que es cerrada y repetitiva.  Esta es una sociedad que gira en relación a un solo texto que se interpreta, además, de una sola manera.  El segundo segmento, el de la modernidad, se mueve con una estabilidad mínima y se caracteriza por la adquisición de la conciencia histórica; su forma de expresión ya no es repetitiva sino interpretativa y como mecanismo de control de la interpretación inventó la herramienta compleja de la gramática; la modernidad es el mundo de la plática y de la interacción, pero también de la lectura (las primeras gramáticas castellanas se empiezan a organizar a finales del siglo XII y se fijan a mediados del siglo XIII, en la época de Alfonso “El Sabio”).  Finalmente, en la post-modernidad, en un estado de crisis permanente, la posibilidad de interpretar la realidad a partir de reglas fijas se vuelve impensable, sobre todo con una herramienta como la gramática que, llena de normas extrañas y de excepciones, parece no tener palabra de honor.

            En un mundo que entiende la libertad como la ausencia de cualquier tipo de determinación, los órdenes comienzan a desmontarse para abrir nuestra percepción a nuevas posibilidades (una ética que no ancle en lo bueno, un arte que no tenga compromisos ineludibles con lo bello y una sociedad que no fíe su certidumbre en lo estable).  Nada es válido en todo tiempo y lugar, y ni siquiera es válido del todo: la incertidumbre convertida en uso cotidiano. Cuando vemos entonces las graves dificultades que tienen los jóvenes hoy día para entender un vocativo o una forma adverbial, pareciera que hemos propiciado una imbecilización generalizada, pero esto no es así.  Estamos, en realidad, en los albores de la desaparición de la gramática como lugar del orden y el sentido y lo peor que nos podría suceder es caer en el pánico; para ello es necesario que comprendamos el fenómeno.

            En el inventario de los lugares sociales donde acontece la cotidianidad, existe ahora un no-lugar que llamamos mundo virtual, mismo que crece y se modifica según lo ocupemos.  Contrariamente a lo que sucede en la realidad “real”, donde el espacio que ocupa un cuerpo va en detrimento del espacio que podrían ocupar otros cuerpos, en el mundo virtual se da la paradoja de que la ocupación “estira” el “espacio”; esto nos ha llevado a cuestiones inéditas donde la única certidumbre es la labilidad del cosmos.   Aunque las religiones sigan teniendo un enorme peso legitimador, cada vez es más difícil encontrar a alguien que crea que el mundo está configurado por un poder sagrado.  En la post-modernidad, Dios tiene otras funciones y, como decía mi suegro, no se mete en pendejadas.

            Así, en un cosmos percibido como inestable, la utilidad de una herramienta normativa como lo es la gramática resulta cada vez menos factible. En un mundo que como el de la modernidad privilegió el debate, la gramática era absolutamente necesaria para afinar el discurso y para controlarlo; ahora resulta extraordinariamente oneroso debatir y mucho más útil y satisfactorio exponer las ideas personales (aunque en ellas no siempre haya originalidad). La oración ritual y el diálogo, al transformarse en hipertexto, construyen un discurso móvil, vertiginoso e inaprensible, donde la diferencia entre lectura y escritura se rompe en mil pedazos, haciendo todo extraño, huidizo y complejo.  La vida concebida como una aventura en la que todo es posible y donde el tiempo y el espacio son ya ecuménicos (hoy se habla de “tiempo real”), nos llevan a una revisión cotidiana de nuestras nociones, donde resulta impracticable aquello de “Limpia, fija y da esplendor”.  Hoy parece ser que nos movemos en los valores contrarios: “Mezcla, remueve y oscurece”.  

            No caigamos en el simplismo de achacar todo a una tecnología que nos deshumaniza y que nos ha llevado a perder capacidades.  La humanidad vivió mucho tiempo sin gramática y puede volver a hacerlo sin que ello implique algún tipo de regresión; simplemente, la disposición para interactuar ha generado una ampliación horizontal del mundo discursivo y con ella un flujo sin control, desde donde nuestros paradigmas caminan hacia un (des)orden emergente.

            En un mundo en el que día con día debemos reconsiderar la validez de nuestras nociones y reconstruirlas y/o ajustarlas, la normatividad gramatical se vuelve obsoleta y, por ahora, no se ve cómo podríamos ponerla al día.  Esto, sin embargo, tal vez no sea una especie de salto en el vacío.

lunes, 7 de enero de 2013

DE LA POESÍA

DE LA POESÍA
 
Volar persiguiendo la noche; no un vuelo de tinieblas sino de sombras que viven hablando en voz baja: de sombras como la fuga de un pájaro blanco que sueña que es lo que no es.

            Volar con la fe de que en las palabras hay una sustancia oculta, un desdecir que rompe nuestros ojos para obligarnos a mirar; volar con las sustancias del misterio, poniendo una mano en el milagro del agua y la otra en la sinceridad de la candela.

            Volar en una silla hasta la infancia, igual que Joë Bousquet, que escribía poemas para no tener que dudar constantemente de sí mismo.

            Hoy la poesía habla de la insuficiencia; es sincera cuando condensa la falta de sinceridad del hombre, y es libre en su afán de mostrarnos al ser humano esclavizado por sus propios miedos.

            No sé si hay alguien que haya escogido ser poeta; lo que sí sé es que hay hombres escogidos por la poesía para que a través de ella podamos reconocer que toda felicidad es comburente y que toda intimidad es inmensa.

            El hombre roto que se mira en el cristal de un agua entumecida es sólo una frontera que quiere preservarse del anonimato, muriendo anticipadamente y matando todo mundo posible. Su muerte es la agresión más pura porque supone la muerte de aquello que proyectan las palabras.

            Pero más allá, donde todo está por construirse, donde no hay muros y la muerte va quedando atrás porque no importa, porque la poesía dice que nadie muere y porque la propia muerte deja de ser un signo de interrogación, se va construyendo un  itinerario donde lo novedoso asume los vocablos del silencio, que es la certeza del decir callando.

            Así, para que otras manos no dejen de tocarnos, para que nuestros ojos no dejen de ir al mundo ni el sueño deje de ser aquel río de olvido y de tinieblas que dijera Xavier Villaurrutia, de cuando en cuando tendríamos que recordar que existe la poesía, para no olvidar que ella está siempre pendiente de las cosas y de la manera en que el hombre ha aprendido a incrustarlas en su imaginación.

            Mirando su rostro endurecido en el agua endurecida, el hombre asume su desemejanza; nada lo toca y nada está al alcance de su mano; ninguna puerta lo pone frente al riesgo de afirmarse. Su voz es un vocablo negro en el horizonte abolido, y su cuerpo deja de ser ese camino que viaja al infinito.

            Edmond Jabés decía, en uno de sus poemas, que no existe nombre que no sea un desierto. Mas si tomamos en cuenta que el desierto es una epifanía de la transparencia, podríamos afirmar que todo nombre es un lugar de paso, y que si no fuera por la poesía, las piedras que hoy se llaman fragancia mañana se llamarían misterio.

            La poesía nos regala, más que la preservación de un objeto en la palabra que lo nombra, la posibilidad de que las piedras sean fragancias sin dejar de ser piedras, y que las fragancias sean misterios sin dejar de ser fragancias.

            ¿Cómo pasamos entonces de una piedra que rueda, al canto que nos regresa a nuestro origen? La poesía no es sino esa brizna de tierra que nos ata al mundo mientras caminamos por el viento. La marca de la vida que nos vincula al gozo y a la pena sería completamente insustancial sin la poesía. De ahí en delante, mientras todo en el universo se disuelve y nos convierte en árboles sin hojas, nuestras manos vacías nos reclaman lo que hemos hecho con la luz.

            El poeta es una piedra que rueda; su sino está marcado por los designios del silencio. Silencio que bebe con sus pulmones y sus poros hasta las últimas consecuencias, hasta aquella serenidad de Temilotzin (el primer poeta mexicano de cuyo suicidio se tiene noticia), que viéndose atrapado y sin ninguna oportunidad, se arrojó al mar desde un bergantín español, con la naturalidad de quien sabe cuál es su deber, después de haber escrito sus cantos glorificando la amistad (“…soy dueño de las flores, / soy Temilotzin / y a hacer amigos vine.”).

            Temilotzin nos enseñó que sólo se puede celebrar a la poesía abrazando al hombre, y que sólo el silencio nos pone a la altura de lo que dicen las palabras cuando hablan de las cosas secretas que se albergan en el corazón del mundo. Para ofrecer alguna resistencia a un universo ruidoso, la poesía inventa los latidos de nuestros corazones y la espuma del mar.

            A pesar de todo, hoy la poesía es insuficiencia: sus esfuerzos para ayudarnos a hurgar en lo posible son estériles, su lucha contra la sinrazón parece más sorda que nunca a nuestros oídos. No es la vieja duda de Hölderlin, quien preguntaba “¿para qué poetas en tiempos de miseria?”, sino la propia desconfianza del poeta sobre las posibilidades y el sentido de su quehacer.

            Y es que uno quisiera que la poesía redimiera al hombre de sus miserias emocionales, exigiéndole todo aquello que el propio ser humano no ha sabido conquistar para sí mismo: poesía comprometida versus poetas sin compromiso (cuando menos con la gramática), sinceridad sin fe, ideología sin ética, grandilocuencia sin consuelo, tremendismo sin problema humano. El poeta a veces quiere dar mucho más de lo que le corresponde, cuando quizá lo único que se le exija sea tan sólo una palabra llena de las cosas del mundo.

            El hombre ha dejado de ser niño y ha cambiado la infancia por la puerilidad; a pesar de todo, la poesía va cumpliendo su palabra y va honrando su naturaleza subversiva, como un pájaro blanco volando entre la noche oscura.

            Vivimos en un mundo enrarecido, y en un país al que ha estrechado la rutina de la calamidad. En ese mundo y en este país trágico que nos escupe sangre todos los días, la poesía sigue su camino revelándonos que la noche más negra nunca será tan claramente negra y que, como decía Rubén Bonifaz Nuño: “mientras hay mugre hay esperanza…” Sólo por ello tendríamos que celebrar permanentemente a la poesía, regalándole a nuestro corazón un poco de silencio y el soplo de una imagen que murmure en nuestros oídos la palabra de lo que puede ser, para que no termine de abandonarnos la poca fe que todavía nos queda. Hoy digo, junto con Wallace Stevens, que hay aquí demasiados espejos para la desdicha: gente feliz en un mundo infeliz…, como una llamarada de paja estival, en el cenit del invierno. 

 

miércoles, 9 de mayo de 2012

MEDITACIÓN DE SAN CRISTÓBAL

JOSÉ DÍAZ CERVERA

Frente a la Catedral, aguzando los ojos para mirar más allá de la niebla discreta, con el golpe helado del aire en mis mejillas, abro mis manos tratando de atrapar la penumbra.
            Estoy en San Cristóbal de las Casas, escuchando el murmullo de algo que no logro identificar, mientras mis ojos siguen viajando hacia la nada. 
            Una mujer joven se me acerca precisamente en el momento en que mi hijo Rodrigo me comenta algo sobre el lugar; no, de ninguna manera tiene el talante de una muchacha indígena, aunque su aspecto me recuerda el de los tamborileros del centro de Mérida. —¿Son ustedes artesanos? —preguntó, mientras mi hijo y yo nos mirábamos sorprendidos; en realidad, la pregunta de la joven era sólo un pretexto para pedirnos que nos moviéramos de ese sitio en el que justamente ella decía tener un permiso especial del Ayuntamiento coleto para desarrollar un espectáculo de música y tambores.
Al darse cuenta del exabrupto, uno de sus compañeros se acercó y le dijo que ella no tenía ningún derecho de quitarnos de ahí, y que, en todo caso, ellos deberían esperar unos minutos mientras mi hijo y yo nos moviéramos para, ahora sí, instalarse ellos en el lugar.
Así, en la plaza oscura, mientras las mujeres iluminan con lámparas de mano las mercaderías que expenden a los miles de turistas que por ahí circulan, me cuesta trabajo imaginar aquellas horas primeras de 1994, cuando el EZLN irrumpió en la historia de nuestro país, precisamente el día en que entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte.
Abro mis manos tratando de atrapar la penumbra, mis ojos ya no van hacia la nada, los murmullos ahora son la analogía del silencio y éste se constituye como la primera lección del largo aprendizaje de la resistencia: ¿cómo comprender, con los ojos de un hombre del año 2011 que sólo anhela que no lo derroten el cansancio y la desesperanza, esos sucesos de 1994?
La radicalidad no tiene grados aunque sí maneras. Un grito no es más radical que millones de silencios. La comprensión del mundo es el acto radical por antonomasia. Se es radical o no se es.
¿Qué no comprendo de lo que aquí sucede?
En unos días se cumplirán 18 años del levantamiento zapatista en La Selva y en Los Altos de Chiapas, pero la fuerza, las implicaciones, los alcances y toda la prospección del movimiento aún no aparecen del todo ante nuestros ojos.
Es claro que algo se teje lentamente mientras se va desenmarañando una forma de opresión que se gestó durante siglos. Hay urgencia, sin duda, pero no precipitación. Nada se intentará hasta que cada parte del proyecto se haya integrado plenamente a la visión de los indios, y eso supone una gran lección del zapatismo para el mundo.
El sueño de un país mejor: sin sangre, sin injusticia y sin desamparo, tiene en la resistencia su mejor manera de luchar, sobre todo cuando el poder se ejerce de manera facciosa y fascistoide.
Más allá de la figura del Sub-Comandante Marcos y de su importancia mediática para darle presencia al movimiento, las reflexiones de los propios indios, su visión del mundo, su cultura y la forma en que han ido integrando el movimiento (heroica desde cualquier punto de vista), nos dan pie para pensar que, después de 18 años, el zapatismo es un movimiento en gestión que aun los propios zapatistas están muy lejos de comprender.
Ahí hay una gran revolución humana que, como todas las grandes revoluciones, tiene de todo (simpatizantes, adherentes, enemigos, etc.). La apropiación que del movimiento hacen personajes como la muchacha de la que hablé líneas arriba es ciertamente preocupante, pEro las formas abiertas o disfrazadas de represión constituyen la mayor amenaza para este zapatismo que se consolida mediante el valor de la perseverancia (la otra amenaza, la del relevo generacional, parece ir conjurándose poco a poco).
Mientras muchos gobiernos y organismos muy diversos piensan (muchas veces de muy buena fe) en la necesidad de empoderar a las mujeres, a los niños, a los propios indígenas, etc., los zapatistas parecen ser verdaderamente radicales cuando plantean el propio principio del poder como problema humano, y el despropósito de creer que el progreso y el desarrollo constituyen la finalidad de la historia. A fin de cuentas, las pugnas por el poder y los proyectos de desarrollo, sólo han servido para joder a los más pobres del mundo.
Así, frente a la Catedral de San Cristóbal, aguzando los ojos para mirar más allá de la niebla discreta, miro cruzar a Fray Bartolomé, hablando del “Derecho de Gentes”, ése que ahora reclaman de manera más radical las mujeres y hombres que están a mi alrededor vendiendo blusas, gorras, pulseras y artesanías diversas; ese mismo derecho que pisotearán otros en nombre del propio zapatismo, sin que los propios indios tengan la culpa de toda la mala fe que empleamos para no hacer el intento por entender el espíritu profundo de su movimiento.

jueves, 12 de enero de 2012

DAIANA: LAS TEXTURAS DE LA VIOLENCIA




No recuerdo con precisión las fechas, pero hace poco menos de un año, si no estoy equivocado, un par de jóvenes adolescentes denunciaba al cantante Kalimba por una supuesta violación, lo cual desató un escándalo que llamó (quizá de muy mala manera) la atención de la opinión pública.


Y digo que de muy mala manera, porque la televisión se encargó de exonerar al cantante y de señalar con suspicacia a las jóvenes acusadoras por haber accedido a acompañarlo a altas horas de la madrugada hasta el hotel donde éste se hospedaba.


Con el paso de los días, una de las jóvenes retiró sus acusaciones contra el cantante, y acusó a su compañera de urdir una trampa abyecta para lucrar con el posible escándalo. El caso es que Kalimba salió libre, aunque los términos de su liberación los desconozco por completo.



Más allá, sin embargo, de la manera en que el caso se resolvió jurídicamente, lo que debemos ponderar es la otra “solución” que esta sociedad machista le dio al asunto, pues en el caso de una de las acusadoras (la que decidió retirar los cargos de manera voluntaria) encontramos que TV Azteca le “abrió” las puertas para una probable carrera como actriz (misma que se frustró muy rápidamente) e incluso la hizo aparecer en alguno de sus teledramas, mientras que la otra, de nombre Daiana y quien reiterara sus acusaciones contra el cantante, apareció hace unos días posando desnuda en una revista para caballeros.


Dejando de lado cualquier moralismo ramplón, el corolario de este enredo es digno de análisis, pues con él se redondea la condena pública orquestada por los medios electrónicos contra estas mujeres, y se reiteran los niveles de violencia que esta sociedad puede ejercer en función de las relaciones de género.


En una entrega anterior referida a este suceso, llamé la atención en torno a la inferencia curiosa que se obtenía a partir del hecho de que dos mujeres aceptaran acudir con un grupo de desconocidos al hotel en que éstos se hospedaban, pues de ahí se derivaba necesariamente un cuestionamiento a la honorabilidad de las mismas, ya que ninguna muchacha decente aceptaría departir con hombres en sus propias habitaciones a altas horas de la madrugada (sin querer pecar de inocencia, no debemos perder de vista que ambas jóvenes eran entonces menores de edad y que estaban frente a una celebridad mediática, lo cual le da una dimensión específica a los hechos); a partir de aquí, entonces, se obtenían conclusiones curiosas y absurdas: la primera, que toda mujer que rebase los límites de un comportamiento considerado como decente debería tolerar cualquier vejación (incluso el ser violada) y, la segunda, que todo hombre en una situación como la descrita es un violador en potencia.


Así, independientemente de cómo se hayan dado los hechos de aquella noche, el discurso operó siempre inculpando a esas mujeres de su desgracia, lo cual hizo de este caso uno de los más representativos de la manera en que se ejerce en nuestro país la violencia de género.


Meses después, y una vez que los aspectos legales del asunto tomaron su rumbo, Daiana, la mujer que sostuvo su acusación contra Kalimba, se convirtió en mayor de edad, lo cual la hizo jurídicamente responsable de sus actos. Haciendo uso de esas facultades, la muchacha aceptó un contrato para posar desnuda en una revista, hecho que nos permite ahora mirar con claridad cómo se completó el círculo violento sin que siquiera su propia protagonista tenga consciencia de ello.


La posición de víctimas necesarias en las que de antemano estaban colocadas estas dos mujeres, queda perfectamente oculta entre la moralina y el chisme mediático; ahí entonces se pierde la dimensión de una sociedad que no es capaz de ofrecer un proyecto coherente para los jóvenes y que, además, propicia que éstos se inicien sexualmente a una edad en la que no tienen consciencia para entender las implicaciones físicas y emocionales del ejercicio de la sexualidad, hecho que, en el contexto de una sociedad con altos niveles de discriminación por causa de género, se convierte en una bomba de tiempo.


De esta manera, la desnudez de Daiana confirma el discurso con el que se emprendió la defensa mediática de Kalimba (que implicaba una apología de la violencia de género), pues desde el principio se planteó la tesis de que nada bueno había de esperar de dos mujeres menores de edad que se metían a un centro nocturno como edecanes y después se iban a continuar la fiesta con los invitados. Ergo: ellas son responsables de su violación (si es que ésta aconteció) o, al menos, del estupro de que fueron objeto.


Y mientras que, para muchos, las fotografías de la joven residente de Chetumal confirman su perversidad, para aquellos que estamos haciendo un esfuerzo por entender (a veces muy trabajosamente) la violencia estructural que hay en la manera en que establecemos nuestras relaciones de género, tales imágenes sólo confirman la gran violencia que hay en nuestra sociedad para con la mujer y cómo incluso ésta puede estar muy cómoda en ese estado de cosas, pues no tiene consciencia de lo que está pasando.


En todo este caso, más allá de culpabilidades e inocencias, lo que hay es una gran burla a la dignidad humana, pues aunque ahora pudiéramos conjeturar que Daiana es jurídicamente culpable de una calumnia, a nivel sociológico ella es la víctima propiciatoria de un sistema que hace de las mujeres objetos meramente ornamentales. La misma sociedad machista y violenta que puso a Daiana en un bar de Chetumal y después en un cuarto de hotel, ahora la hace posar desnuda para una revista, confirmando, para quienes no pueden ver más allá de sus narices, la vocación indecente de esta joven.

martes, 16 de agosto de 2011

"EL MEXICANO"



A los diez años fui mordido por el perro de un vecino, y el resultado del percance fue una serie de visitas al antirrábico: una del can para comprobar que no tuviera ningún síntoma extraño y que además estuvieran al día sus vacunas, y varias mías para que los médicos observaran la evolución de mis heridas que, por lo demás, eran muy discretas.

Después de llevarme en un par de ocasiones en las que los doctores sólo me alzaban la playera y observaban rápidamente con una lupa los mínimos agujeros dejados en mi vientre por el doberman, mi padre le encargó la tarea a don Carmelo, quien pasó por mí dos veces para llevarme y traerme en su taxi. Esto hizo que don Carmelo y yo nos hiciéramos amigos.

Diez años más tarde, al regresar de la universidad y después de entregar un trabajo de fin de semestre, mientras bajaba de mi cochecito azul, un mini-taxi se detuvo junto a mí.

—Ese mi Pepe… qué color —dijo con voz ronca el chofer en quien enseguida reconocí a don Carmelo.

Y es que enfrente de mi casa vivía doña Lupita, madre de mi cuñado y a la sazón hermana de aquel hombre tan noble como desmadroso.

—Sube —me dijo—, acompáñame a dar una vuelta, orita regresamos.

Cerré mi carro y subí al taxi de don Carmelo, quien me dijo que había ido a visitar a su hermana, pero que no halló a nadie en la casa. Tomamos rumbo a Río Churubusco, hacia el aeropuerto, y llegamos a Aculco, donde nos detuvimos muy brevemente a buscar unos papeles relacionados con su permiso de taxista; de ahí, según me había anticipado, nos fuimos al “melón”.

La verdad es que don Carmelo era un hombre ingenioso, hijo de los viejos barrios de la Ciudad de México. Todo en él era anécdota, picardía y metáfora; así que cuando me dijo que iríamos al “melón” yo preferí no pensar nada, pues seguramente acabaríamos en un sitio absolutamente inverosímil.

Y así fue. Siguiendo algunas callejuelas adyacentes al mercado de Aculco, llegamos a “El Mexicano”, una de sus pulquerías preferidas.

Recuerdo que en la puerta del lugar y sobre la banqueta, una paila muy grande crepitaba despidiendo un olor delicioso. Adentro, una barra larguísima abrió mis ojos a una gama muy amplia de colores intensos que anunciaban la variedad de “curados” que ahí se expendían.

—Una “catrina” de ajo y un chamorro con muchas gordas —dijo don Carmelo con la autoridad de un parroquiano de polendas. —También traime a Rosendo y unos ayocotes acompletadores.

Mirando todo lo que sucedía a mi alrededor, y escuchando una jerga para mí ininteligible, me sentía en una especie de dimensión onírica donde todo tenía otro sentido.

Me acerqué entonces a los vitroleros que contenían los “curados”, y pedí uno de piña en la dosis de menor cantidad que pudieran servirme. Al fondo se escuchaba una marimba interpretando un danzón.

Minutos después, el mesero llegó con el pedido: un tarro grande de pulque para don Carmelo, un chamorro, unas tortillas de mano, un molcajetote con salsa roja muy picante, un platón con arroz, dos cazuelas de barro con frijoles de la olla y un vasito en forma de barril con mi “curado” de piña.

Entonces comprendí casi todo lo que don Carmelo le había pedido al mesero: la “catrina” era el tamaño del tarro (poco más de un litro), las gordas eran las tortillas, “traime a Rosendo” era una forma de decir “”tráeme arroz”, los ayocotes son los frijoles y lo de “acompletadores” era un albur para el mesero. Pero el ajo…

—A chingá chingá —le dije a don Carmelo—, a poco se está echando un “curado” de ajo…

—Sí, mi Pepe —me contestó—; de a jodido…


sábado, 26 de marzo de 2011

LA POESÍA ES UN ARMA CARGADA DE PRESENTE

Porque es innecesaria, porque jamás podrá detener la bala de un sicario, porque es pobre, yo amo a la poesía.

No sé si por ella nuestros ojos ensayan la existencia de los astros; no sé si de sus manos podrán brotar alguna vez palomas y dientes de leche, pero yo amo a la poesía porque me la imagino una mujer de pies pequeños.

Porque viene manchada por el dolor humano, la poesía está preñada siempre por lo que no hemos dicho; yo la amo porque en ella las palabras tienen la fragancia de una cabellera de mujer que sonríe, a pesar de los rigores de un tiempo donde casi todo es basura y mezquindad.

Nadie pide un poema como se pide una manzana, pero todos damos alguna vez una palabra como se da un beso. Y un beso, en el fondo, es algo innecesario para la urgencia de unos ojos que se cierran; por eso la poesía es un arma cargada de presente: en ella está la vida que sueña, en ella está la vida que canta en un aquí constante, en un ahora perenne (como una gota de lluvia detenida en su ascenso hacia la nada).

¿En qué sustancia, en que sal, en qué lustrales humos la poesía aprendió a ser eternamente blanca, tan negra como una piedra hecha de agua, tan transparente como una cadera hecha de agua o tan oscura como un caracol hecho del eco de la voz del agua?

Nadie pide un poema como se pide un vaso de agua, pero todos bebemos en ella el canto de la lluvia.

Mas cuando nos han cancelado el pie derecho, cuando todo es espera, cal, pulmones rotos; cuando el día de mañana es una astilla en nuestros ojos, la poesía destila sus presencias diversas y emprende la suma capilar del tiempo que se resume en el instante, donde todo es un hoy en desamparo.

Nada tiene un principio; el pasado es un sueño; el futuro es una cortina negra que oculta nuestro abismo.

Por eso nadie pide un poema como se pide una sombrilla, nadie pide un poema como se piden unos pies o como se pide una taza de asombro para pasar la noche.

Yo amo a la poesía porque no la necesito; la amo por inútil; la amo, sobre todo, porque en su humildad, ella no necesita de los hombres.

Nadie pide un poema como se pide una mirada, pero todos alguna vez hemos dado una palabra como se da una grieta o como se da un espejo para el sueño o una gota de sangre para endulzar la tierra. Porque es innecesaria, porque jamás podrá detener la bala de un sicario, porque es vieja e inútil, porque es pobre, yo amo a la poesía.

viernes, 25 de febrero de 2011

EL CASO “KALIMBA” O EL DISCURSO DE GÉNERO

No sé si Kalimba, a quien nunca he tenido la oportunidad de escuchar como cantante, sea culpable o no de los delitos de los que se le acusa en el vecino Estado de Quintana Roo; hay una perspectiva desde la cual no me importa si es víctima de una trampa abyecta o simplemente de sus propias debilidades potenciadas por la impunidad que la televisión proporciona a muchos personajes. En todo caso, las autoridades competentes habrán de decidir y sólo deseo que lo hagan con honestidad y con base en datos específicos y absolutamente comprobables.

Más allá del morbo, sin embargo, hay un aspecto de este escándalo que no podemos dejar pasar, a través del cual se revela una trama más compleja que tiene que ver con la violencia de género. El caso “Kalimba” es interesante porque en él hay texturas discursivas que revelan el machismo prevaleciente en los medios electrónicos de comunicación, no sólo porque a través de ellos se ha emprendido una defensa oficiosa del cantante, sino porque la costumbre de litigar en los medios de comunicación se ha convertido en una herramienta muy eficaz para promover algunos valores que son patrimonio de los sectores más reaccionarios de nuestra sociedad.

Tenemos entonces un escenario donde dos muchachas acompañan al cantante de marras y a su equipo de trabajo a continuar el convivio en el hotel donde éstos se hospedaban; de ahí resulta la inferencia curiosa de que, por lo tanto, las dos mujeres, que además son menores de edad, no son dignas de crédito porque ninguna mujer decente se mete a un hotel con varios hombres a horas impropias de la madrugada.

Una vez que el asunto se sale de los terrenos de la legalidad, para ser juzgado en los terrenos de la decencia, todo lo demás resulta sencillo porque ahí operan los prejuicios y las opiniones y no los hechos observados objetivamente y los diagnósticos. Vemos entonces cómo a la principal acusadora, cuyo nombre no recuerdo, se le imputa la desgracia de haber sido violada por su padre (lo cual tal vez no tenga nada que ver con el caso en el terreno jurídico, pero resulta eficaz en el terreno mediático).

Sin descartar ninguna posibilidad, lo asombroso de este discurso de género es su textura fascista, pues aun cuando se piense la posibilidad de que Kalimba sea culpable del delito del que se le acusa, siempre quedará un residuo de coparticipación en la propia mujer que tienta a la suerte y provoca su desgracia.

Así, mientras los medios electrónicos se dan vuelo y saturan las pantallas del asunto, llenándose los bolsillos con mercancía malhabida, se promueve a nivel nacional un nuevo atentado contra la mujer —en esta ocasión simbólico—, que se une a la violencia de género en Juárez y el Estado de México, donde las muertes violentas de mujeres constituyen otra de las vergüenzas nacionales. En el colmo del cinismo, Rocío Sánchez Azuara (finísima persona de la televisión que pidió 25 años de cadena perpetua para un delincuente) ofreció a una de las víctimas (a cambio de una entrevista) la oportunidad de cumplir sus sueños como actriz de televisión, a decir de la conductora el anhelo dorado de la mayoría de las adolescentes mexicanas (al momento de escribir estas líneas se anunciaba en Televisa el inicio del programa de la inefable Laura Bozzo, con una emisión dedicada a este caso. ¡Faltaba más!).

Por mínimos pudores, la televisión mexicana debería sacar las manos de este asunto y dejar que las autoridades hagan su labor (recordemos que la televisión siempre se escuda en “lo que la gente quiere saber”, sin embargo guarda total hermetismo en otros asuntos, como el caso del secuestro de Fernández de Cevallos, donde la tv sí tuvo respeto y quizá hasta miedo de meter las narices); acusar, como se hizo en el programa de Patricia Chapoy, de “loca” a una de las presuntas víctimas, es un acto de violencia extrema perpetrado por alguien que dispone de un micrófono y un canal de proyección nacional, y que además tiene un fuerte influjo entre grandes sectores de la población.

Lo que asoma de todo esto es la posición de víctimas necesarias en la que se coloca a las mujeres a través de este caso, al hacerlas ejercer —como sucedió en Chetumal— un trabajo nocturno y en un lugar donde que se prohíbe la entrada a menores de edad teniendo ellas mismas esa condición; independientemente de eso, está la probable tragedia de la violación de una de las víctimas por parte de su padre, los maltratos recibidos por parte del novio, y una vida inestable que la convierte —como a muchas otras adolescentes en un país sin futuro— en presa fácil de criminales y tratantes de blancas en general.

Nada de eso, sin embargo, aparece en este show de enredos sexuales, donde dos muchachas (víctimas o no de una violación) se constituyen en una especie de paradigma del lugar que ocupa la mujer en nuestra sociedad.

No soy inocente, entiendo que muchos jóvenes se inician sexualmente a edades muy tempranas y que la sexualidad se ejerce a veces sin conciencia plena de todas sus implicaciones físicas y emocionales; no defiendo ni condeno a nadie en este caso, sólo denuncio lo lamentable de un discurso que pone a la mujer como una especie de amasijo donde la inocencia y la perversidad cohabitan sin pudor alguno. Ser menores de edad y trabajar en un lugar donde se venden bebidas alcohólicas, han hecho de las mujeres de este caso dos adolescentes pervertidas, según se desprende del discurso televisivo; de ellas, por lo tanto, se puede esperar cualquier cosa. Para la televisión y su sentido de la decencia, ellas no son víctimas sino victimarias, ésas son las premisas que la televisión usa para condenarlas sumariamente, con la complacencia de un público ávido de sangre donde el machismo lleva la voz cantante.

lunes, 21 de febrero de 2011

VIENTO

Pienso en aquellas palabras que Miguel Hernández escribiera en la dedicatoria de uno de sus libros a Vicente Alexandre: “Los poetas somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplados a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia cumbres más hermosas.”

Sin duda, el entrañable poeta de Orihuela entendía la gravedad de su labor como siervo de las palabras y quería que éstas se usaran para algo más que expresar las emociones simples de un sujeto que actúa y que padece.

Algo tenía que ennoblecer al autor de Perito en Lunas, acercándolo con cierto candor a un mundo turbio en el que, sin embargo, se albergaban aún algunas semillas de optimismo. Los poetas entonces eran la brisa refrescante que se ofrecía noblemente para calmar las penurias de la gente.

Cincuenta años antes, en 1888, Rubén Darío ofrecía en El Rey Burgués, uno de los cuentos más crudos de Azul…, una visión más sórdida del poeta como una especie de paria olvidado por todos, a quien se le confiere, en el gran banquete de la sociedad burguesa, un rincón lejano donde pueda estar siempre y cuando tenga la buena voluntad de ganarse el pan girando la manivela de un organillo destripado. Al final del convite y en medio de la euforia, el poeta aparece petrificado por un viento invernal que lo congela sin que nadie se haya dado cuenta de ello.

Después de los movimientos del año 68 que recorrieron el mundo en el siglo XX, y que en México dejaron el saldo trágico de la matanza de Tlatelolco, Michel Foucault afirmó que el pueblo no tiene nada que aprender de los intelectuales y que éstos de ninguna manera se constituyen en una especie de conciencia pública de las sociedades. Foucault afirma que, a final de cuentas, la idea de un intelectual que se concibe como un agente del pensamiento crítico, es en realidad un buen mecanismo de dominación a través del cual se legitima la aparente ausencia de autonomía intelectual de ciertos grupos sociales para pensar su propia realidad y establecer un proyecto histórico consecuente con ella.

Aun considerando que es debatible la idea de que el poeta sea o no un intelectual, no debemos perder de vista que hay una parte del trabajo poético que se desarrolla a partir de una reflexión más o menos aguda sobre la realidad e incluso sobre las circunstancias y limitaciones del propio acto de escribir.

Tal vez lo que sucede es que el poeta se inventa un lugar y le da a su oficio algún carácter utilitario para sentirse menos marginado en un ámbito en el que sus productos responden al principio de la gracia (término del cual deriva la palabra “gratis”).

¿Cómo incrustar aquello que se hace por gracia y con un instrumento tan primitivo como la palabra, en una sociedad utilitaria que tiene en la conquista de la capacidad de consumo su valor más conspicuo?

A veces me resulta impropio hablar de la función social del poeta o de su compromiso, cuando el propio poeta no está en posición de darle nada a una sociedad que lo ha mantenido marginado.

De buena voluntad el poeta se asume como redentor, e incluso como conciencia crítica de su tiempo, olvidando que su lucha más sórdida es hacerse de un lugar en la sociedad como humilde servidor de las palabras.
Cuando Panchito Mancilla, el carpintero que me hizo un par de mesas laterales para la salita de mi casa, me mostró la dignidad de su trabajo (en los dos muebles pequeños que me fabricó no había un solo clavo sino puros ensambles), me enseñó tanto como lo que en muchos libros había yo aprendido. Panchito no tiene ninguna idea de lo que pueda ser la conciencia crítica ni quiere redimir a nadie; sólo quiere hacer bien su trabajo y enseñarle a los demás a valorarlo. A fin de cuentas los poetas trabajamos con el viento (¿qué son las palabras sino inflexiones de aire?). Si este viento refresca el ánimo de alguien o quema una pradera, es sólo porque a las palabras se las lleva su propia vocación de ser palabras que van, que vienen, que se quedan…

jueves, 27 de enero de 2011

SOBRE LA SUCIEDAD

No siempre la noción de lo sucio se relaciona con la falta de higiene. Digamos mejor que en nuestra cultura lo sucio es sólo aquello que está fuera de su sitio o más bien dispuesto de manera tal que rompa la supuesta armonía de una situación.

Así los pobres no son pobres sino sucios y es necesario evitar su presencia anómala en ciertos sitios, de la misma manera que lo hacemos con cualquier otro elemento perturbador.

Es curiosa la noción de lo limpio y lo sucio en la que solemos transitar. Nadie, por ejemplo, envolvería una empanada con un par de calcetines, aun cuando éstos estuviesen perfectamente limpios; lo “natural e higiénico” es hacerlo con servilletas de papel, de las cuales, sin embargo, no tenemos la menor idea de sus condiciones de limpieza. Aquí las comillas no son solamente un recurso para hablar en sentido figurado, pues sucede que, al parecer, naturaleza e higiene son dos cosas que se contraponen conceptualmente.

La noción de limpieza que resulta de las afirmaciones anteriores es también interesante, pues se vincula con la necesidad de colocar todo en su lugar mucho más que con el principio básico de lavar, pulir y restregar. El lugar más fácil de limpiar es aquél que dispone lo necesario para ocultar todo aquello que resulta indeseable a la vista.

Los gobiernos e instituciones que se esfuerzan —a veces de muy buena fe, pero no siempre— en poner todo en su lugar, se mueven más bien en afanes purificadores que los han llevado a cometer crímenes espeluznantes, como aconteció con el proyecto de limpieza étnica de los nazis, en Alemania.

Limpiar es quitar lo que sobra, lo que incomoda, lo que funciona como una mancha sobre nuestra mala conciencia; así lo ha pensado siempre la ultraderecha que en lugares como Brasil ha proyectado un sistema de combate a la pobreza matando niños de la calle, o como acontece en México, donde disentir y ejercer la crítica se han ido convirtiendo cada vez más en una anomalía, tal y como sucedió con Carmen Aristegui (cuyo relevo al frente de un informativo radiofónico fue gestado desde la Secretaría de gobernación), como sucede con el acoso fiscal a muchos medios de comunicación o como el caso del joven ganador de un premio de ciencia y tecnología a quien Felipe Calderón debió premiar hace algunas semanas.

En ese acto, el joven científico mexicano fue detenido por elementos del Estado Mayor Presidencial cuando le dijo al ocupante de Los Pinos “espurio e indecente”. Con su actitud, este joven ensució un acto público y rompió el orden siempre condescendiente de los actos presidenciales, recordándonos que en este país se traicionó por lo menos la constitucionalidad. Fue como poner una cereza sobre la inmundicia. Como ofender al excremento llamándolo materia fecal.

jueves, 30 de diciembre de 2010

RIGOLETITO


Probablemente el patio era mucho menos largo de lo que puedo recordar, aunque ahí pasé algunas horas de aprendizaje doloroso (el balón de futbol que me golpeó en la nariz sigue volando por el aire de alguna mañana veraniega, con unas gotas de mi sangre entre sus gajos).


Aquella tarde, sin embargo, con mi elegantísimo pantalón de dacrón café, fui a la casa de mi tío Enrique, de la mano de mi padre, a su fiesta de cumpleaños. Y sí, en un rincón de aquel patio, unos hombres habían dispuesto lo necesario para amenizar la celebración. Minutos después, las trompetas, los timbales y el rascabuche llenaban el aire de una fantasía maravillosa, y ese niño apocado y llorón se detuvo por unos minutos a contemplar aquel prodigio, arrobado ante un hombre que tocaba las claves y olvidando la recomendación de vigilar que no se ensucie su elegantísimo pantalón café.


No sé si fueron años o segundos los que transcurrieron, pero esa melodía quedó como troquelada en mi memoria, y hoy día no puedo escuchar ningún danzón sin que me muerda la nostalgia.


Todavía recuerdo a mi padre con su traje negro de lana, bailando con mi madre al ritmo cadencioso de la música. Aquel patio donde jugábamos futbol, se convirtió esa tarde en una pista de baile donde las parejas se conocían y se reconocían, cambiando miradas, intercambiando respiraciones y olores, en una especie de batalla florida donde los cuerpos ensayan sus posibilidades.


Años después supe que esa música, que de cuando en cuando mi papá escuchaba en su consola “Punto Azul” (la marca alemana más prestigiosa de esos artefactos), era vista por muchos con un gran desdén, pues en ella había quedado depositada una suerte de identidad propia de los bajos fondos.


Pero a mis cuatro años de niño con la sensibilidad en su lugar, el ritmo pausado de las claves no pasó de largo. Es cierto que en México el danzón tomó carta de naturalización hasta convertirse en parte sustancial de nuestra cultura popular, es cierto también que algunas orquestas mexicanas hicieron de ese ritmo un bodrio insufrible (aunque también hay danzones mexicanos de gran calidad), pero esa fuerza con la que hace más de cien años Miguel Failde se apropió de la contradanza que los criollos practicaban a mediados del siglo XIX, en Cuba y algunos otros países de la región, sigue teniendo una vitalidad insospechada en la Ciudad de México (donde todavía hay salones y parques en los que una vez por semana se toca y baila exclusivamente ese ritmo), en Veracruz y en Mérida (donde todavía quedan algunos bailadores notables).


Por eso, cuando en un supermercado de la Ciudad de México se ofreció en promoción una serie de discos compactos de música popular, no dudé en buscar fervorosamente a Acerina y su danzonera, pues seguramente ahí encontraría una tarde de mi primera infancia detenida en el compás de algún danzón o en el silencio absoluto que se forja entre el golpe de las claves.


Y sí, cuando las trompetas entonan las primeras notas de “Rigoletito” (una apropiación maravillosa de la música de Verdi), un olor lejano me transporta a otro tiempo donde intuí que el mundo era mucho más que defenderse de la mezquindad y de la mala leche. Desde entonces entendí que hay cuatro minutos en la vida de los hombres donde todo adquiere sentido, y donde el tiempo del cálculo y la sinrazón quedan pospuestos hasta nuevo aviso.


Manos que se tocan, cuerpos rozándose, caderas que son una promesa, pies que se convierten en pájaros de asombro. Todo cabe en las dos sílabas sencillas del verbo bailar, cuando dos personas sincronizan sus mundos al ritmo de un danzón.


Y porque Yucatán fue el vector de ese ritmo en México y prácticamente en toda América Latina, hago votos para que nuestras autoridades culturales promuevan y rescaten la interpretación y la práctica bailable del danzón, tal y como se hace en México y en Veracruz, y al parecer (de manera muy reciente) en La Habana, donde está a punto de perderse.


Hace muchos años que no escucho un danzón en Mérida, y creo que sólo la Banda Municipal de Valladolid tiene entre su repertorio común algunos danzones; a fin de cuentas, a través del danzón se ejerce una forma de la sensualidad mediante la cual testimoniamos los niveles de refinamiento que somos capaces de adquirir.


La vieja práctica de bailar danzón sobre un ladrillo, más que un alarde de destreza, debe verse como una metáfora sutil de todo lo que puede caber en un paso de baile. Ahí el danzón nos hace nuevos y nos regala algunos minutos de armonía con el cosmos.


sábado, 11 de diciembre de 2010

SOBRE LA ELEGANCIA


No es, desde luego, el detalle de unos calcetines dispuestos magistralmente “entre el zapato y el pantalón”, como decía aquel antiguo anuncio comercial. Tampoco está en esa extraña habilidad que algunos tienen para combinar el tono exacto con la textura adecuada en la dosis precisa. La verdadera elegancia está en la sencillez funcional con que las cosas se disponen ante nuestros ojos.


La elegancia entonces opera a partir de una especie de ambivalencia que involucra tanto al objeto como a quien lo mira. Lo elegante es elegante porque nos incita al ejercicio generoso de mirar con elegancia.


Por eso las miradas más elegantes son las de los filósofos, las de los científicos y las de los poetas, pues a través de ellas los ojos ejercitan esos dones estetizantes que permiten al mundo mostrarse de una manera especial que hace visible esa coquetería de las cosas que nos empujan a conocerlas.


Me pregunto entonces cuánta elegancia habrá percibido Einstein en el universo para ir tras él hasta arrancarle el secreto de la Teoría General de la Relatividad y qué tan seductora habrá resultado la nostalgia a los ojos de Emilio Ballagas para escribir un poema tan prodigioso como “Nocturno y Elegía”.


¿Qué tan provocativa pudo haber sido la razón humana para que Kant escribiera las ochocientas páginas de la “Crítica de la Razón Pura”? ¿Qué hermosa habrá sido la luz a los ojos de Erwin Schrödinger para imaginar el universo de lo infinitamente pequeño?


Ya sea que pensemos el tiempo como una línea continua o que lo imaginemos como un conjunto de instantes entre los cuales lo único que subsiste es la eternidad, algo debe tener de especial esa dimensión de nuestra vida para que nuestro pensamiento se ocupe de ella de maneras muy diversas. El tiempo es seductor, y por eso sólo nos podemos acercar a él con una mirada seductora, tal y como lo ha hecho Stephen Hawking durante décadas en las que ha logrado esbozar algunas interpretaciones, para entenderlo un poco más allá de la escala estrictamente humana.


Y es que la relación entre conocimiento y admiración (que durante muchos años se constituyó como una especie de tabú entre los hombres de ciencia) ahora parece encontrar acomodos más propios en un esquema de conocimiento que acaba por abrirse al universo de las metáforas. Así el científico y el filósofo se han acercado al trabajo del poeta como un recurso maravilloso para salir de los atolladeros a los que una ciencia de vocación positivista y una filosofía aporética los han llevado.


En reciprocidad, el poeta ha ido aprendiendo a mirar el mundo de manera más elegante en la medida en que hace el esfuerzo de pensar con orden; así su lirismo se ha hecho más profundo y su quehacer más prístino.


Vivimos un tiempo complejo y, por tanto, confuso. A veces la corrupción está más cerca de nosotros de lo que pensamos y nuestra actitud ignorante se vuelve una inmoralidad en la medida en que nos acomodamos en ella. Tendríamos que reflexionar qué tanta distancia hay entre quien se instala en su falta de lucidez, quien trata de corromper a un funcionario y quien se emplea como sicario del Crimen Organizado; desde luego que hay perspectivas que nos hacen ver en estas tres acciones escalas absolutamente distintas. Pero hay algún punto de vista donde estas escalas parecen diluirse porque las tres contaminan el mundo.


Negarse a comprender la realidad en que se vive no es entonces una acción inocua. Martí decía que es más fácil morir heroicamente que pensar con orden y en ello vemos esa elegancia con la que el prócer cubano miraba el mundo. Su muerte entonces no es más que el fruto magno de su forma pararse ante la realidad para admirarla. Cuando uno mira una fotografía de Martí, mira el fino espectáculo del hombre frente al mundo.